Hay personas que nunca levantan la voz. No discuten, no reclaman, no dicen “hasta aquí”. Desde fuera parecen tranquilas, pacientes y conciliadoras. Incluso pueden sentirse orgullosas de ser “de buen carácter”.

Pero muchas veces, esa calma esconde algo más complejo: una dificultad profunda para sentir y expresar la propia rabia. Y cuando el enfado no puede aparecer, no desaparece: se desplaza, se transforma y a menudo acaba expresándose de otras maneras.

En este artículo veremos qué función tiene la rabia desde el psicoanálisis, qué ocurre cuando se reprime desde la infancia y por qué el cuerpo puede terminar hablando por uno.